El día que me abrazó Diego Carrasco


El día que me abrazó Diego Carrasco

Desde una caja, un contenedor, un espacio atacado por la luz o la gran garita del centinela de los tiempos, un chamán vestido de oscuro invoca a los dioses perdidos, a los ritmos que ocultos controlan el universo o a ciertas verdades telúricas que tiemblan en lo profundo, en lo innombrable. Él tiene acceso, tiene la llave, se le nota, abre una puerta y deja pasar aquello, sea lo que sea, que nos mueve, que nos conmueve, que moldea el tiempo, que agita lo colectivo, lo arquetípico que queda en nuestros pobres cuerpos náufragos en la banalidad cotidiana. Es un mago, un sacerdote, pero la facilidad con que nos ofrece su sacrificio espanta nuestra natural inclinación a la pomposidad trágica de la Misa. En su rito todo fluye nuevo y viejo a la vez, empujado por un río subterráneo de alegría. La alegría, que es la sangre de la vida. No hay pecado, y lo trágico se sublima y se ataca fundiéndolo en el alarido salvaje de esta comunión.
Salta a veces, brinca, parece reírse de sí mismo a veces, y enreda a sus acólitos en círculos trazados en la arena. Y allí danzan alrededor del fuego todos los fuegos.
El esplendor por unos cuantos euros.
Y encima, cuando salimos del teatro y, como pazguatos, nos paramos en una esquina a ver si se nos pasaba el estado de excepción, viene el tío y nos abraza.

Fdo.-Manuel Maciá