El Putito feo


El Putito feo

EL PUTITO FEO

1
El eco del taconeo resuena en la bóveda de la basílica.
Siete querubines mofletudos miran desde las vidrieras la soledad de los bancos, de los reclinatorios, de las capillas.
Hay alguien refugiado en la penumbra de un confesionario.

2
El eco del taconeo resonaba en la bóveda del túnel peatonal bajo las vías del tren. María andaba deprisa, rabiosa, trastabillando cada dos por tres. A María la Bochingui le habían dado para el pelo. Un cliente cabrón la requirió y, en vez de aliviarse, pagar y largarse, la había atosigado contra el muro de la fábrica de ladrillos y, en nombre de Dios, le había desgarrado la blusa, le había roto las medias de veinte duros y las bragas de blonda, le había metido un crucifijo de madera por el culo y, después de escupirle la cara gimiendo jaculatorias, le había dado dos hostias y se había ido sin pagar chupando el crucifijo. ¡Aleluya!.
Por eso María taconeaba hacia su casa deshecha de la mente, con la prisa de la rabia, el escozor de una brecha en el esfínter y en la boca el sabor de aquel mierda.
En el suelo del túnel estaba Paquito, gemía dentro de una lata grande de membrillo de Puente Genil, liado el cuerpecito con una bayeta llena de grasa. Le sobresalían de la lata los bracitos, las piernas, la cabeza. Su piel parecía cubierta de verdín. María se paró junto a él.
– ¡Madre de Dios!. ¡Parece una Tortuga Ninja!.- Dijo María y tocó con el dedo al bebé con cierta precaución. Paquito abrió una boca como una cueva y soltó un alarido que tanto podría ser llanto como ulular de lobo.
María era una madraza y además le pareció que Dios, en su infinita misericordia, le había hecho ver la muerte con aquel cliente cabrón y ahora le hacía ver la vida con aquel hijo del membrillo.
Le pareció una señal. Su padre era de Puente Genil como aquella lata. Sacó de ella aquello, le llamó Paco como a su padre – Paquito- y lo enterró entre sus tetas mientras volvía a taconear hacia su casa pisando más fuerte que nunca.

Salió del túnel y se la tragó la noche.
Comenzaba a llover suavemente.

3
El eco de los pasos de la guardesa resonaba en el pasillo, el largo pasillo del orfanato. A Paquito le metieron allí los servicios sociales. Una vacaburra que creía ser la San Salvadora de los Niños Desasistidos lo arrancó, con la ayuda de dos guardias, de entre las carnes de María la Bochingui.
Ella tenía la costumbre, heredada de sus ancestros, de calmar los aullidos de los bebés a base de suaves masajes en sus partes. Y así lo hacía con Paquito. Él, con aquellos manejos se relajaba, se dejaba ir al sueño dulcemente.
El error de María fue intentar calmarlo de esta guisa frente a la Iglesia del Sagrado Corazón, justamente a la salida de misa de 12. La directiva en pleno de las Damas del Ropero Piadoso del Niño Jesús de Liébana salía cuando María, sentada en un banco, vestida como iba vestida, perdida la mirada, pensando en sus cosas, meneaba el palito de Paquito. De Paquito que llevaba un rato vociferando el jodido.
¡Ah, María y Paquito en el banco!. Yo los hubiera comparado con un grupo escultórico de Bernini, con una Madonna con Niño de Leonardo, con aquel cuadro inacabado del Parmigianino…tal era el refinamiento, la elegancia, la ternura que exhalaba aquella imagen.
Pero el sentido de la moral de las Damas del Ropero Piadoso del Niño Jesús de Liébana no estaba para abstraerse en consideraciones estéticas, es más, ese sentido era incompatible con la fruición de aquella exquisita imagen. Es decir: algunas de aquellas damas se privaron sobre sus acompañantes, otras blandieron misales, rosarios y abanicos como espadas flamígeras y las más incitaron a los asistentes a parar aquel escándalo por cualquier medio, incluida la lapidación. Para colmo la cara de Paquito, que se había mantenido semioculta al amparo de los senos de María, se movió, se volvió hacia la gente.
Se hizo un silencio expectante, sólo la campana de la Iglesia lo rompía.
Paquito había perdido el tono verdín de su piel pero no su cara de batracio. Giró el cuello como sólo podría hacerlo una iguana, abrió la boca y los presentes abrieron los ojos como platos. Aulló y un latigazo helado recorrió la columna vertebral del más pintado.
Silencio de nuevo.
Nadie se movía. Paquito cerró su agujero negro, enderezó su cuello, hurtó la cara de perfil, buscando otra vez el regazo de María (ella, aturdida, meneaba todavía el esto de Paquito). A Paquito solo le faltaba una lengua bífida entrando y saliendo de su boca para acabar de epatar al respetable. No hubo tiempo de imaginárselo. De pronto, una de las momias del beaterío, con la papada violeta al viento como un pavo cabreado, comenzó a soltar por la boca :
-¡Dios bendito! ¡Miradlo! ¡Es un hijo de Satanás! ¡Y ella su puta! ¡Han venido a las puertas del Templo de Dios para refocilarse en sus blasfemos tráficos carnales! ¡El Anticristo! ¡La Bestia! ¡Me mareo!.
Roto ya el estupor, todos dieron un paso hacia adelante, parecían el ballet de una mala película afgana
imitando el primer número de aquel infame musical sobre las piadosas vidas de los mormones en Utah.
María no quiso quedarse a ver el resto de la función, fuera ya de su asombro, intentó la huida. Subida en aquellos tacones interminables, con el niño en brazos y moviendo su generosa geografía de mesa camilla, sólo pudo dar cuatro pasos. Un respetable padre de familia, un juez jubilado y un piadoso frutero le dieron alcance y la detuvieron arrinconándola contra la cancela del atrio.
Detrás toda la turba.
-Don Gerardo suélteme. Usted sabe que no soy mala, aunque sea puta.-le dijo María al juez.
-Señora, yo a usted no la conozco de nada.
-Don Gerardo por el amor de Dios, sáqueme de esta ruina.- Insistió María.
-De nada, no la conozco de nada…-iba diciendo el juez mientras se escabullía entre la gente.
El gallo cantó.
Don Gerardo había negado a María tres veces.
-Quitadle al niño. Es feo, pero es un niño. No le hagáis daño- dijo alguien que se había apiadado de Paquito.
Las campanas sonaban como locas.
A María se la llevaron y le metieron dos años por escándalo público, otros cuantos por pedofilia y, aunque parezca redundante, otro montón por corrupción de menores.
No los cumplió. Una madrugada de Mayo se murió cara al ventanuco de la celda, mientras la luz naranja del amanecer la maquillaba de primavera.
¡Qué bonito!
Fue de tuberculosis, dijeron.
A Paquito sólo le quedó de María un medallote con el rostro de Camarón chapado en oro. Lo recibió allí, en el orfanato donde lo habían metido.
Y allí estaba ahora, años después, escuchando el eco de los pasos de la guardesa resonando en aquel pasillo interminable. El pasillo de todas las puertas. Las puertas que contaba todas las noches cuando iba el primero de la fila (por feo y por bajito) hacia los dormitorios.
A Paquito le costaba dormirse, se hacia un ovillo en la cama y, cuando creía que nadie le veía, con una mano apretaba el medallote de Camarón y se chupaba el dedo y con la otra se la meneaba lentamente, recordando. Recordando no sabía muy bien qué, pero aquello le dolía. ¡Cómo le dolía aquello que no sabía lo que era!.
Aquello era la soledad, Paquito. La soledad.
Y en la ventana el frío y la luna.
Y en la puerta del armario aquellas horribles caras que se formaban en las vetas de la madera.
Y eso que te escuece en el ojo es una lágrima.
A Paquito lo pescaron una noche con las manos en la masa. La guardesa se acercó sigilosamente y lo destapó de golpe.
Después de consultarlo con el cura le ataron las manos para dormir. Atadas a los tubos de hierro de la cabecera.
Sus compañeros de dormitorio aprovecharon para martirizarlo sin piedad. Lo pintaban con mercromina. Le ponían dentífrico en las pelotas. Le pasaban fregonas llenas de mierda por la cara…
Las jerarquías hacían oídos sordos. Pensaban que aquellas prácticas podían considerarse parte del castigo y que el vilipendio le vendría bien como penitencia. Hasta una noche, la guardesa, ahíta de esencias etílicas, enfundada una mano en un guante de plástico y en la otra blandiendo una vara de fresno, se le acercó a hurtadillas y meneándole con la del guante, esperó a que se le pusiera tiesa para endiñarle con la vara hasta rendir la endurecida verga. Y así, una y otra vez. Una y otra vez.
Paquito lloró. Estuvo llorando todas las noches durante doce años, seis meses y cuatro noches.
Después dejó de llorar.

4
El eco del rítmico taconear de los soldados resonaba en la plaza de armas.
Paco iba ahora el último de la fila. Se dejaba llevar por el trantran de la instrucción.
Diluido en aquella masa, en aquella cadencia, se sentía unido a los demás, miembro de un grupo, arropado a pesar de los gritos de los mandos cagándose en aquellas nenas que llevaban el paso como mariconas y ¡la frente alta!, y ¡el pecho fuera!, y ¡el cetme no es una escoba, capullo!, ¡joder Paco, que feo eres, condenao!.
En la mili Paco corría el peligro de ser el hazmerreír del cuartel. Empezaron una noche por ponerle un espejo delante de la cara y despertarlo de golpe.
Lo que parecía el comienzo de una larga retahíla de vejaciones se corto de raíz, fue la primera y la última, a Paco le salió un aguerrido defensor: Zacarías.
Zacarías era un pedazo de bestia, un armario ropero que no soportaba los abusos a los débiles. Acogió bajo su protección a Paco y puso firmes a los crueles jilipoyas que de tanto en tanto intentaban putearlo.
Siempre juntos se les podía ver a la pareja de monstruos paseando en los descansos. Eran el punto y la i.
Zacarías le contaba a Paco historias de su barrio y Paco, a veces, muy pocas, recordaba algún episodio del orfanato.
-¡Qué cabrona la guardesa!. ¡Dios quiera que se le caigan las tetas a trozos!- A Zacarías le ponía frenético la historia de la guardesa.
La primera vez que les dieron permiso, alquilaron una habitación en una pensión de la capital. Allí cambiaron su ropa de militar por ropa de civil.
Pasearon por el malecón. Bebieron cerveza en las terrazas de la plaza de Sta Catalina. Volvieron a pasear por el malecón. Bebieron otra vez cerveza, ahora en los garitos del puerto.
-Vamos a pegar un polvo, colega.- Dijo Zacarías a la altura del quinto tercio..
-No sé…
-¿Cómo que no sabes?. Aquí hay putas baratas, nos llega con mil pelas para los dos.
-Es que no sé, bueno, nunca he ido de putas- Paco tragó saliva-ni lo he hecho nunca. Y me temo, por lo poco que sé, que no me he corrido jamás. Sí; trempo cuando me la meneo, pero no siento nada, nada de placer, sólo un cierto relajamiento y un cierto sentimiento indefinido como de… no sé… melancolía. Luego se pasa y ya está.-Paco apartó la mirada del rostro asombrado de Zacarías, miró al suelo y luego miró los mirtos que crecían en el parterre. Más allá, algunas nubes, sobre el mar, se deshilachaban camino del sur.
-No me digas…¡joder, qué tío!…Es igual, eso lo arreglamos hoy. Te voy a buscar a la mejor desvirgadora de la capital.-dijo Zacarías y le soltó un mojicón en el hombro a Paco que casi me lo tira de la silla.
-Pero es que…-intentó terciar Paco.
-Ni es que, ni es ca. ¡A follar que el mundo se acaba!.
La calle del putiferio a la luz del ocaso enrojecía como una fragua. Las susodichas aireaban sus encantos a la brisa salina ondulando las puertas de las mancebías con muslos, caderas, pechos, cuellos. Agitando melenas aguerridas, Maquillajes de Gorgona. Labios borbotón de sangre. Ojos feroces prestos a la batalla. Ardiendo todo en la pira funeraria de la tarde…
Resumiendo: que aquel ambiente acojonaba un poco al pobre Paco.
Entraron en una planta baja pintada de azulete. Donde a Zacarías le pareció que andaba mejor la carne de daifa. Esperaron en una pequeña salita. Cuatro sillas de railite y una mesa camilla.
Vino la madame y Zacarías habló con ella, de vez en cuando miraban a Paco y luego seguían su comercio. Paco lo contemplaba todo como si estuviera sentado en la butaca de un cine. Todo se movía como una película vetusta.
Sintió un poco de angustia, un poco de vergüenza, un poco de ansiedad. Temió quedar en ridículo. Quiso levantarse y escapar pero una joven, como salida de ningún sitio, apareció, le cogió de la mano y lo dirigió hasta la penumbra de una habitación. Hacía calor, mucho calor. Oyó la voz de Zacarías que desde fuera le decía a la joven:
-¡Cuídamelo bien, que es primerizo!.
-Ven aquí, primerizo.- Paco obedeció y ella comenzó su trabajo. Le lavó los bajos en el bidé y se lavó ella. Paco extraviaba la vista por todo el decorado apabullado por tanta desnudez como tenía delante. Ella se tendió sobre la cama, le repitió: ven aquí. Él accedió y entró en el lecho como un ciego en un espacio desconocido.
Paco nunca había visto el sexo de una mujer, así, en directo, cuando vio aquello le pareció una herida, una llaga abierta entre las dos piernas, como cuando Ramonico se cayó de la bici y se cortó el muslo con los pedales. Una herida abierta.
La chica ya le manipulaba.
-Yo me llamo Gloria ¿tú como te llamas?.
Paco emitió algunos sonidos que se parecían de lejos a su nombre. No le salía la voz. Estaba en otras cosas. Por un lado sentía vergüenza de que se le estuviera poniendo tiesa, por otro sentía curiosidad, le atraía magnéticamente aquella hendidura coronada de pelos alborotados y por otro lado intentaba adivinar cuál debería ser su próximo movimiento.
Cuando ella le hizo introducirse en la herida, a Paco le pareció que ella lo iba engullir por ahí, que igual tenía dientes que lo iban a triturar sin remedio. Pero enseguida la sensación táctil le hizo cambiar de expectativas. Fricciones acolchadas, órganos en contacto, carne y sangre a golpes de latido.
Ella lo cabalgaba y él, asombrado, la miraba ir y venir en aquel vaivén rítmico.
Al rato Paco no sentía otra cosa más que cierta curiosidad por saber cuando acabaría aquello. Empezó a ganarle la sensación que tan bien conocía: un cierto sentimiento de melancolía. Miró a Gloria. Le pareció bonita y lleno de ternura quiso besarla. Ella le apartó la boca.
-Nada de morreos.-dijo y Paco pensó que era normal que no quisiera besar a una gárgola como él. Siguió moviendo el culo al compás que ella marcaba pero no la miró más. Miró hacia arriba y sus ojos se tropezaron con los ojos fijos de Jesucristo. Un crucifijo colgaba de la pared sobre la cabecera de la cama.
Paco recordó el orfanato y los terribles castigos que, según el cura, iban a sufrir en el infierno los que se dieran a la lujuria. Y allí estaba él, al avío. Pero aquel Cristo no le miraba condenándolo. Lo miraba con la misma melancolía que Paco sentía ahora mientras Gloria lo bombeaba a caderazos. Era la misma mirada que tenía Camarón en su medallote, lo único que le quedó de María la Bochingui.
Y Paco ofreció aquel momento como una oración. Como un hecho litúrgico. Se sintió lleno de gracia y aquel acto, del que empezaba a sentirse ajeno, tomó otro sentido, un sentido pío, devocional.
-Hala, fuera, que se ha pasao el tiempo. Ay primera vez, primera vez…-refunfuñó Gloria que ya se había cansado.
Estaba acostumbrada a que le duraran quince minutos como mucho y aquel cara de rana llevaba tres cuartos de hora y no había manera.
Lo sacó de nuevo al salón como un autómata, lo sentó en una silla y desapareció moviendo todo lo que tenía.
Paco se sintió aliviado y avergonzado; aliviado porque aquello, aquella tensión, por fin se había acabado, y avergonzado por que tenía la sensación de haber hecho algo mal, no había tenido ese espasmo, esa convulsión, ese derramarse que todos le decían era la culminación del refocile sexual.
Zacarías apareció con toda su humanidad desbordante de alegría:
-¿Qué? ¿Que tal cabrón?. ¡Que buena estaba la tuya! ¿Eh?. Dime, cuenta.
-Muy bien. Estupendo. Me he corrido dos veces sin sacarla.-le mintió Paco mientras salían.
Y se adentraron en el caldo de la noche.
A Paco le ardían en la mente tres llagas: la llaga de Ramonico, la llaga de Gloria y la llaga de Cristo.
En la entrepierna se le agarrotaba una erección que le duraría toda su vida.

5
El eco de los pasos de la doctora Inés Cutillas resonaba en el pasillo de la planta cuarta. Paco curaba en ese momento a la enferma de la 114. Levantaba con mucho cuidado los apósitos que le cubrían el antebrazo izquierdo. Era un amasijo sanguinolento. Limpió cuidadosamente, aplicó una pomada y colocó nuevos apósitos. La enferma gemía a veces y a veces murmuraba palabras inconexas. Con la mano que tenía libre intentó tocar a Paco. Paco la miró. Verónica tenía la cara desfigurada por la enfermedad. Era una máscara que convertía cada movimiento de su torturada anatomía en una mueca grotesca. Verónica se moría. Se deshacía literalmente en la cama. Movió la cabeza y emitió un sonido indescifrable, con la mano tendida hacia Paco. Paco comprendió, miró a los ojos del Cristo que crucificado en la pared contemplaba toda aquella desolación. Luego miró a lo que habían sido los ojos de Verónica y ahora eran dos cuevas abiertas al horror. Metió la mano entre las sábanas. Buscó la llaga de Verónica. Ella dejó caer la mano que suplicaba.
Más allá de la ventana los vencejos dibujaban espirales de silencio en el cielo añil.
Paco hizo en la mili un cursillo de enfermería y, en la vida civil, había conseguido un puesto en el hospital de la Santísima Virgen de la Caridad como ayudante. Le encargaban los trabajos que nadie quería, así que andaba siempre entre tumores, entre carnes tumefactas, entre heridas purulentas, entre efluvios mefíticos.
La noche que detuvieron a Paco estaba en la 102. Lázaro agonizaba en la penumbra. Paco sentado a su lado lo masturbaba con toda delicadeza. Sor Juana de la Cruz entró en tromba, tras ella el cura, don Pancracio (el médico de guardia) y el cabo Santillana de la Guardia Civil.
Hacía tiempo que Sor Juana andaba tras la pista. Le puso la mosca en la oreja una enferma que, delirando, hizo un relato demasiado vívido de las atenciones que le había dispensado Paco. Demasiado vívido para no ser verdad. Lo acechó varias veces y, por fin, convenció al cura y, los dos, a la jefa de planta para que se colocaran algunas cámaras ocultas. En un maratón de 6 horas contemplaron a Paco aliviar a cuatro cancerosas terminales, dos sidosos en las últimas y a la que -nadie sabía porqué- se le licuaba el hígado sin remedio.
Lázaro se quedó a medias.
A Paco le metió dos sopapos el cabo Santillana y se lo llevó para el cuartel.

6
El eco de los pasos de los presos resonaba en la bóveda del módulo 3. Paco acababa de llegar y lo estaban cacheando, luego le ordenaron desnudarse.
-¿Y eso? ¿Es que te alegras de verme?.- dijo el funcionario al ver la erección crónica de Paco.
-Es priapismo. Ya hace cuatro años-le contestó Paco didáctico.
-Pues a mí me parece una poya empalmá. Y no me gustan los quedones. Ni los listos. Ni los pajilleros
como tú.- Y a cada adjetivo el gorila le iba dando con la porra en la esto a Paco.
Lo pusieron en la celda del “Durruti”, un abuelo que, según él mismo contaba, había sido uña y carne del Cipriano Mera allá por las guerras civiles.
Los días se arrastraban como babosas por el suelo de la prisión.
Paco se subió a una de esas babosas y ya no se bajó hasta que cumplió condena. Acompasó su vida al ritmo de los cerrojos, de los recuentos, de las colas para todo y, para romper la monotonía, tenía al Durruti que lo sumergía cada dos por tres en heroicas batallas por la libertad, por la dignidad, por la igualdad, por la solidaridad y por casi todas las palabras acabadas en dad.
Guadalajara, Brunete, Gandesa…el abuelo parecía haberse hecho toda la guerra él solo. Fuerza de choque, decía, y mientras contaba la enésima batalla parecía rejuvenecer a cada asalto a la trinchera, a cada heroica resistencia, a cada facha destripado con su bayoneta.
Paco era un buen oyente, ponía cara de atención subido en su babosa y se dejaba llevar por el sonido de la voz del abuelo mientras se deslizaba lentamente por las paredes, por el techo, por los barrotes de la ventana.
Los demás presos se reunían en grupos compactos, se disgregaban, formaban filas y las deshacían, subían y bajaban escaleras. Paco los veía como metidos en una coreografía de película a lo grande, a lo Cecil B. De Mille, cientos de extras, grandes decorados, movimientos multitudinarios.
Paco se había fabricado una realidad propia sin darse cuenta. Comenzó a representar su propio papel en una historia que era la suya pero que él entendía como una fabulación de algún loco guionista. Así conseguía convertir la mierda en que estaba metido en una mierda fabulada en la que estaba metido. La diferencia no parece mucha, pero es sustancial, la segunda opción le permitía la esperanza de que algún día, alguien diría: ¡Corten! Y aquello acabaría, le pondrían un albornoz por encima de los hombros, un cubata en la mano y al quitarse el maquillaje y mirarse en el espejo la rana se habría convertido en príncipe. De otra manera la realidad tripona se le comería todos los sueños y se los escupiría la cara, esa cara de sapo partero. Así, con la audacia que da el saber que estás viviendo una ficción, Paco se dedicó a vivir experiencias que nunca hubiera imaginado. Los ratos que se bajaba de la babosa y coincidía que estaba en el patio con los demás presos, buscaba gresca haciéndole muecas extrañas al más bestia que veía por los alrededores, luego le daba consejos sobre cómo comportarse en la próxima escena y lo animaba a concentrarse en su papel sin hacer caso a los posibles reparos que pudiera tener para ponerse culo en pompa y ofrecerle el bul que lo iba a encalomar y se señalaba el bulto que parecía iba a hacer estallar la bragueta. Ni que decir tiene que el Durruti tuvo que interponerse más de una vez entre Paco y el bestia de turno y hacerle ver que a aquel pobre muchacho se le había ido la perola y no regía como tenía que regir . Además, sólo había que verle la cara para darse cuenta de que estaba gagá. El monstruo.
-Cualquier día te dan el pasaporte, tontorrón.- Le decía el Durruti cariñosamente a Paco mientras lo escoltaba hacia la celda. Pero ya el interfecto se había vuelto a subir a la babosa y recorría los grises itinerarios del penal tan campante dejando su huella fluida por doquiera que pasaba.
-Paco que te estás meando encima.- Le dijo el Durruti y aquél se abrió la bragueta y se la sacó. Allá iba el Paco como un Manneken-pis en erección dibujando en las paredes con el líquido elemento. Apenas pudo decorar tres tramos de escalera. Dos funcionarios, que no estaban para juegos creativos, le cayeron encima y después de ponerle tibia la cara lo metieron quince días en las celdas de aislamiento.
Allí no había babosas sobre las que deslizarse. Sólo oscuridad. A los nueve días ya echaba de menos el orfanato, la guardesa, las llagas purulentas, a sor Juana de la Cruz, incluso los golpes de los funcionarios. A los once días comenzó a canturrear viejas melodías que jamás había oído. A los catorce gimió un poco. A los quince se quedó mudo. Al dieciseisavo día, cuando lo sacaron, Paco era una estatua de mármol, la cara de sumidero esculpida en una mueca de éxtasis tal que la Santa Teresa de Bernini. Lívido. Hierático el cuerpo como un guerrero de estela asiria, los brazos y las piernas de perfil a lo Ramsés y su palo erecto abultándole la bragueta, rompiendo la verticalidad; Paco era un compendio de estatismo. Incluida su mollera que también se había quedado petrificada, absorta en la insensibilidad. Había huido a lo mineral, a lo cárstico, a lo geológico. Y allí se había quedado atrapado en un bucle lento e infinito.
Lo devolvieron a la celda, con el Durruti, después de darle dos manguerazos. Lo dejaron apoyado en la pared, chorreándole el agua todavía por el pelo, por la cara. Parecía un David feo abandonado a todas las tormentas en una esquina.
-¿Qué te han hecho Paco?-gimió el Durruti y le empezó a secar con una toalla. En el suelo se fue formando un charco en el que Paco amenazaba con naufragar, con hundirse definitivamente.
-¡Traedme una fregona, cabrones!-gritó el abuelo al pasillo vacío.
Aquella noche las luciérnagas vieron grandes prodigios en el cielo.
En la celda, un viejo le contaba a una estatua como las palomas, que eran todas republicanas, en cuanto Franco salía a la calle, en sucesivas oleadas, le iban cagando encima como si de un bombardeo al mamón se tratara. Por eso, en los Nodos, nunca salía Franco en primer plano, porque estaba todo cagao.
¿Comprendes?. ¡Ja, ja, ja!. ¿Comprendes?.
La estatua, subida sobre una babosa, como en un pedestal, miraba nada a través de la noche presa en la ventana.
Años después, cuando iban a soltar a Paco, el Durruti le regaló una foto, no se veía que era, estaba toda cubierta de mierda de paloma.
-Toma, un recuerdo mío, es la prueba de lo que te conté, una foto de Franco en primer plano, se ve claramente que está de mierda desde el gorro hasta el tripón. Es un documento histórico. Suerte colega.- Y el Durruti se quedó en la celda como un pájaro. Paco a trancos se fue tras el guardia cuidando de no pisar ninguna de las babosas que lo recorrían todo.

7
El eco de los pasos de Paco resonaban en la calle desierta, se alejaba como un autómata de la puerta de la cárcel.
Oyó acercarse una algarabía de alas que pronto estuvieron batiendo sobre él. Era una bandada de palomas que en sucesivas oleadas empezaron a cagarle encima . Paco maquinalmente sacó de su bolsillo la foto y la tiró al suelo. Las palomas se ensañaron con ella. Cuando Paco -la estatua que camina- dobló la esquina, un montón de mierda de paloma cubría la foto y aquella bandada furibunda la había emprendido ahora con el picoleto que hacia guardia en la puerta. Entre el barullo pareció oírse la voz del Durruti: ¡Venganza! ¡Venganza!.
No tenía donde ir. Caminó sin rumbo. Cualquiera que lo viera pensaría que era una estatua bajita y fea buscando una peana para subirse a ella. De vez en cuando se detenía y se quedaba quieto esperando un nuevo impulso para seguir andando. Entonces, algunos transeúntes le echaban dinero ¡Qué bien hacia la estatua! ¡Y que cachondo el detalle del empalme!. Estuvo así todo el día y, cuando ya empezaba a atardecer:
Ruido de trenes. Altavoces avisando de próximas salidas, de llegadas inmediatas. Ding, Dong.
Giró a la izquierda, encaró la parte trasera de la estación y allí estaba el paso de peatones bajo las vías del tren. Al otro lado del paso, el poblado de chabolas natal de María la Bochingui, detrás de Paco, la Basílica del Santo Cristo de la Misericordia.
El medallote de Camarón que llevaba al cuello destelló dos veces.
Se adentró en el túnel. Estaba húmedo y oscuro. En el suelo junto a un charco había una caja de esas grandes de membrillo de Puente Genil, oxidada, vieja. Le dió la vuelta y se sentó en ella. Apoyó su espalda contra la pared, luego la cabeza.
Cerró los ojos.
Angustias iba camino del queli de Leonardo a pillar.
Angustias era una yonqui decrepita. Los ojos le colgaban sobre los pómulos que parecían iban a echar a rodar cara abajo de un momento a otro; bajo una nariz de águila, la boca cortada a cuchillo, exenta de labios, guardaba cuatro dientes desparejados y medio, la barbilla le sobresalía tanto como la nariz y apuntaba hacia arriba en una imposible curva y el pelo tiñoso y las orejas como de elefante hindú. Estaba en los huesos. Era un esqueleto con top rosa y pantalones de pitillo. Ni los viejos más babosos le pagaban ahora por un lavado de bajos; ya no podía hacerse de dinero con el comercio carnal como antaño. Así que trapicheaba con el jaco y la farla y, de vez en cuando, sirlaba a alguna abuela.
Cuando vió a Paco sentado en la lata de membrillo, abierto de patas, con aquel bulto braguetero, se creyó en el deber de intentarlo por los viejos tiempos y por aligerar de pasta a aquel pasmarote.
-Te lo hago por tres euros.
Paco no movió ni un músculo. Sólo abrió un ojo y la miró como quien mira al hombre invisible.
Angustias tomó aquello por un guiño cómplice ¿quién entiende la s muecas de un cara de rana?, además pensó que, el que calla, otorga. Así que se arrodilló, le abrió la bragueta a Paco, le sacó aquel sarmiento adornado de venitas violáceas, y se amorró al pilón.
El reflejo de la pareja sobre el charco oscuro, la abertura del fondo del túnel enmarcándolos en una claridad lánguida, Angustias arrodillada… diríase que habitaban la ornacina de una capilla donde se adorara
la novena estación de un viacrucis lúbrico. Adoración piadosa al Príapo Santo. Letanía de succiones. Borboteo de fluidos mezclándose a la mayor gloria de la coyunda entre la Boca Sierva de Dios y el Divino Glande. La cabeza de Angustias moviéndose como la de un rabino frente al muro de las Lamentaciones. Adelante y atrás, arriba y abajo, el arrobo de un éxtasis místico o el cabeceo repetitivo de un alienado.
Pronto se dio cuenta Angustias de que aquello no iba a llegar a ninguna parte.
-¡Joder! ¿Es que no te vas a correr nunca?.- Dijo harta y escupió al charco el exceso de saliva.
Angustias no pensaba seguir dándole manteca al pedazo de cenutrio que tenía delante. Le rebuscó en los bolsillos. Le sacó toda la poca pasta que llevaba y, en vista que ni se movía, ni protestaba, le quitó los zapatos, los pantalones, los calzoncillos, la camisa, la chaqueta, y no le quitó nada más por que oyó que venía gente.
-Adiós, tontolculo.- Y se fué con el botín riéndose como una loca. A Paco sólo le quedaron los calcetines la camiseta sport y el medallote de Camarón más triste que nunca.
El tío Antón y siete de sus nietos entraron en el túnel. Ya era casi de noche. Se encendieron las luces automáticas del túnel; las que quedaban vivas.
-¡Coño! Mira tío Antón, un menda tirao ahí enmedio.-exclamó Eladio, el mayor, y enseguida todos a coro:
-Mira, mira, está en bolas y tó empalmao.
Y Eladio:
– Y qué feo que es. Voy a endiñarle una pedrá a ver si se menea.-Y cogió un canto del suelo.
Y los otros del coro:
-Eso, eso, una pedrá, una pedrá- y se agacharon para armarse también.
-Alto, quietos, jenízaros. Al que se desmande le meto un garrotazo. Dejarme a mí.- El tío Antón se acercó a Paco, lo tocó con la punta de la garrota. Paco abrió el otro ojo y siguió mirando nada.
-Parece que la dao un zamacuco. Esta cara..-el tío Antón se acercó todavía más. El medallote de Camarón destelló. El tío Antón lo cogió y le dió la vuelta.
-Esta cara, esta medalla…-En el anverso leyó: “María la Bochingui”.
-Por los clavos de Cristo, este tío es el niño que recogió la María. Es el hijo de María la Bochingui.-dijo el tio Antón asombrado.
Eladio, el mayor se adelantó, escudriñó la cara de Paco, tocó el medallote:
-Este tío bajito y feo es el hijo de la Bochingui, es el hijo de la puta, el putito, ¡el putito feo!.-Y le quitó de un tirón el medallote. Los otros seis nietos de Paco gritaron:
-¡Putito feo! ¡Putito feo! ¡Putito feo! ¡A pedrás con él!.
-Quietos ahí…-el tío Antón blandía el garrote como un sable, le metió un mandoble a Eladio en la mano.
-Trae paquí al Camarón.-gruñó el abuelo.
Eladio le acercó el medallote refunfuñando. El tío Antón se lo guardó en el bolsillo del chaleco.
– Y ahora vamos a llevar a este cristiano a casa el cura que él sabrá qué hacer. ¡Hala! cogerlo y vamos payá.
Entre los siete mozalbetes cogieron a Paco en volandas. El tío Antón se puso delante de la comitiva y, en procesión, se dirigieron a la Basílica del Santo Cristo. Era Semana Santa. Alguien desde las chabolas comenzó a cantar una saeta.
La basílica estaba vacía. Sólo los Santos en sus capillas, los querubines en sus volutas y el Cristo allá arriba, habitaban aquel silencio.
-Estará por ahí dentro, por la sacristía o en el campanario. Es igual dejarlo por ahí que ya lo encontrarán. Eso, ahí en la casica esa estará mas resguardao del frío-El tío Antón señalaba uno de los confesionarios.
-Hala vámonos que hay que cenar.
Allí lo dejaron, en la penumbra del confesionario. Eladio se quedó el último y en un rápido movimiento, sin que le viera su abuelo, cerró las cortinillas.

8
El eco del taconeo que resonaba en la bóveda de la Basílica se ha parado frente al confesionario.
Una voz hueca, neutra, sin entonaciones, recita:
-Ave, María Purísima.
Una mano huesuda, fría, se abre paso entre las cortinillas, le busca la entrepierna a Paco, se la agarra, se la mueve. Él vuelve a la realidad paulatinamente, a cada meneo.
Entre las sombras, cree verle la cara en un ondular de velas, es de batracio como la suya. Le recuerda algo. La vió en algún sueño flotando en los reflejos fríos de un lago negro, o pasando rápida tras los figuras rotas de un paisaje en ruinas, o sentada en una roca tras la zarza llameante.
Arriba y abajo. Arriba y abajo.
La mano se mueve más deprisa y ya no lo soporta. Desde aquella mano le revienta el placer, le sube, le deja sin aliento.
El corazón le estalla y Paco, antes de exhalar el último suspiro, oye decir al más allá de la cortina:
-Yo siempre te he querido.
Una certeza como un cuchillo corta en dos la agonía del éxtasis. Una certeza que sale por la boca rompiendo su silencio:
-¿MAMÁ?
Presidiendo el altar, Camarón, crucificado, clavado a los maderos por tres jeringas.
Siete querubines mofletudos, sonrientes, agazapados entre volutas y hojas de acanto repiten:
-¿MAMÁ?¿MAMÁ?¿MAMÁ?¿MAMÁ?¿MAMÁ?¿MAMÁ?¿MAMÁ?.

Manuel Maciá. En Essaouira. 2004