Escultura huérfana


Escultura huérfana

Las abandonamos. En la playa de Punta Umbría. De noche. Subía la marea y algunas eran primero lamidas y luego engullidas por las olas. Eran treinta pequeños cadáveres blancos esparcidos por la arena. Parecían escupidos a la playa por un maldito naufragio de una maldita patera. Escayola mojada bajo el blanco sudario de la luz de la luna. Algunos vinieron de no se sabe dónde y bailaron alrededor, las movieron, las agruparon en círculo y volvieron a bailar. Quizá celebraban un rito innominable.
Eran unas muertes muy pequeñas para una playa tan grande.
Nos alejamos como banderas inclinadas al viento espeso de la noche.
Sí; abandonamos figurillas de escayola. Ellas no lo harían, pero nosotros, creyéndonos sus dioses, las condenamos al mar, a la plaza, a la calle, a la rambla o al pretil del puente. Al albur de los deseos del anónimo transeúnte. Él decidirá su destino ¿el vertedero?, ¿la repisita?, ¿encima del televisor?, ¿les pondrán flores?, ¿velas?.
Fue la primera vez. Desde entonces, retomamos el sentido del artista como “demiurgoi” y nos abandonamos no ya a la caridad pública, sino a la indigencia pública absoluta. El dinero -esa abstracción perversa- nos produce rechazo, dolor. Sólo aceptaremos la limosna de tu mano cerrándonos los ojos cuando hayamos muerto (algo de comida también). Así sea.