Les Demoiselles


Les Demoiselles

Les Demoiselles (instalación)
Ctra. de Guardamar a la izquierda. Todos los dias.
La señorita Realidad nos propone esta interesante instalación donde la atmósfera se erige en protagonista por encima de otros condicionantes estéticos. Los elementos constructivos básicos externos que envuelven este hecho artístico son de una gran sencillez; un par de cuboides ligeramente decorados con los consabidos elementos gráficos y algunos aditamentos hijos de la escayola, conforman un diálogo geométrico entre los contenedores y la iluminación-reclamo: luces fluorescentes de chocantes colores. Nada más. Hasta el momento estamos ante una concepción clásica del tema, casi académica. No hay novedad, salvo en mis constantes etílicas que están asombrosamente bajas para la hora que es. Pero no entremos en disquisiciones sobre el grado etílico conveniente para enfrentarse a estos eventos artísticos. Es un debate en el que entraremos específicamente en próximos escritos.
La puerta -nada que objetar a su sobriedad- y un angosto pasillo -nada que objetar a su anodina neutralidad- nos dan acceso al centro neurálgico de la instalación. Aquí se cuece el meollo atmosférico de la cosa. Una nebulosa de humos nos envuelve danzando con la penumbra apenas traspasada de tonos-luz rojizos. La natural querencia me lleva a acodarme en un murete a media altura donde reposan, a barullo, los restos de copiosas libaciones. ¿Altar a Baco? ¿Restos rituales de una antigua tradición?. Todo está envuelto en una síncopa de ruidos sordos y parlas estridentes. Entre el maremagnum, las Demoiselles, se afanan como abejas saltando desde el fondo de la sala, donde a veces se agazapan juntas, al murete donde los espectadores nos refugiamos alerta. Se diría que, en esos saltos sucesivos, en los que nos susurran, nos palpan y nos restriegan cosas, hay como un cortejo de reclamo con cierto toque arácnido, una reminiscencia de cubil intemporal donde las cosas que están escritas van a suceder irremediablemente. Los papeles están repartidos y sólo nos toca dejar que la cosa fluya. La carne de las Demoiselles rebosa desde cada top, desde cada tanga, desde cada short. En está ópera de lúbricos acentos, los hombres (todos los espectadores, curiosamente, somos hombres), perdidos contra el murete, ejercemos de pato focha, ese pato que cae atraído por el reclamo de madera: una llaga coronada de pelos.
Esto es un remedo clásico, sin duda, pero un tanto remix: la Srta. Realidad ha querido conseguir un híbrido entre Zurbarán y Lucien Freud y le ha salido una aleación entre Rembrandt y Solana. Tanto da. El encanto se rompe un poco en la siguiente estancia: la ventanilla donde pagamos con la tarjeta o en metálico y nos dan un condón, una sábana y una toalla. La excitación que nos maravillaba en el anterior espacio da paso a cierta incomodidad. ¿Será esa luz como de sala de urgencias de un hospital?. Entramos a la última estancia…
Después, salgo como un cordero tras ella mientras le explico que yo, si no me enamoro, no trempo y que por eso, pues no…
Ella se llamaba Lara, yo soy el Doctor Divago y la Srta. Realidad es una puñetera.

Fdo.- Manuel Maciá