Lo que quería yo decirte


Lo que quería yo decirte

Querida exsimia:
Como te habrás dado cuenta al leer el penoso chistecito anterior, soy el capullo aquél que se cagó en las capacidades dibujísticas de Matisse (¡Qué torpe era el tío! ¡Hay que joderse!) en la fiesta del Miravete.
Creo que quedamos en que yo te enviaba un e-mail. Pues sea.
He de decirte que tu defensa del susodicho manco no ha hecho cambiar un ápice mi postura. He revisado documentos decisivos que avalan mis apreciaciones. Desde sus escritos de autobombo donde mete la gamba sin recato (lo que demuestra además su inopia intelectual), hasta los estudios grafológicos llevados a cabo por el conocido experto hindú Sr. Saphire de la Universidad de Bombay (que desvelan la naturaleza estulta de su trazo), pasando por las tesis del británico J.B. Beefheater o la Doctora rusa Srta. Stolichnaya que mediante sesudos análisis demuestran la ineptitud dibujística del menda, lejos de la falsa doctrina que asegura que lo hacía así de mal adrede. Ello no quiere decir que no hiciera algunas interesantes aportaciones a la historia del arte.
¡Ah! y no soy nada sospechoso de ser amante y defensor -como me echaste a la cara- del dibujo sobadito. Mis dibujos, a dia de hoy, todavía son exhibidos a los alumnos de la Facultad de BBAA de Campari (en el hermoso Friuli) como ejemplo de linea sensible, reducción analítica y expresión directa. Mi gesto (del que te reiste sin piedad) ha sido comparado con la gracilidad de una bailarina como Madame Chartreuse Vert o, según el momento, con la fuerza telúrica de una voz como la del laureado tenor Amaretto di Saronno.
Y Kandinsky me parece un papanatas cuyas teorías espiritualistas son pura bosta de confesionario. Su grado de enfermiza desviación teórica y sus pírricos resultados ejemplifican como el mercado es capaz de entronizar los balbuceos anodinos de arribistas de la brocha sin sustancia (véase, por ejemplo, lo de Baskiat entre tantos otros).
Y los cuadritos cortesanos de Goya apestan y sus pinturas negras son asombrosas, mágicas, perturbadoras.
Me cisco en el Velázquez institucional y me quedo bobo delante de su desparpajo maestro en la pincelada salvaje, directa. Un sinvergüenza del pelo de meloncillo.
Salvador Dalí = Ávida Dollars.
Picasso me lo quedo.
Los excesos de paciencia de Antonio López me dejan frío aunque sus lavabos y bañeras me inquietan.
Bacon no sabe pintar manos ni pies y, en cambio, domina como pocos el escenario pictórico de los acabados.
Magritte no pasaría técnicamente del montón pero su invención iconológica es excelsa.
El esclavo de Miguel Ángel, anatómicamente, tiene la rodilla derecha partida; también sufre de de cierta languidez amanerada, pero ¿quién le tose a su maestría expresiva?.
Bernini es un pornógrafo reprimido, pero su Santa Teresa me pone.
Los balbuceos de un niño son evocadores, poseen la ternura de los primeros intentos de comunicación. Pero no son comparables al dominio del compás, del silencio, de la palabra rota de un Diego Carrasco.
Un artista torpe remedando los balbuceos de un niño sin sacarlos de alguna manera de contexto es una grosera caricatura que debería condenarse a la hoguera (tengo un antepasado inquisidor que a veces me sale).
Yo no digo que no sea lícito hacer mierda (de hecho, yo mismo hago mucha), digo que no se deben confundir la mierda y el caviar, son comidas distintas.
A estas alturas ya te habrás dado cuenta que soy un cabrón resentido cuyos repetidos fracasos profesionales y personales le han llevado a contemplarse en el declive de su vida lleno de un rencor y una mala hostia considerables. Lo que se diría un aparato excretor que se derrama viendo como la vida lo digiere. Pero eso sí, a la obra de arte le pido, como decía aquél:
1) Que sea inútil.
2) Que sea susceptible de múltiples interpretaciones.
3) Que sea testigo de su tiempo.
4) Que aporte algo “nuevo” (aunque sea poquito) a la historia del arte.
5) Si es posible que sea alóctona y heteroglósica
6) Y si encima me conmueve por un quítame allá ese aura (que decía el tio Walter Benjamin) pues mejor.
Lo otro, el todo vale y todo es arte, está muy bien para venderle unas cuantas clases de pintura a las hordas aburridas (enternecedoras) de la tercera edad o a los miles de colgaos con ansias de trascendencia personal que pululan por las academias.
VANIDAD DE VANIDADES.
En fin, tu ligereza al contradecirme la achaco a tu nivel etílico de aquella noche, que era francamente alarmante. Pero creo que, ya sobria (eso espero), deberías pedirme disculpas y escribir dos mil veces: “No le haré la contra nunca más al insigne maestro”. Con ello -dada mi magnanimidad- te otorgaré mi perdón. De nada.
Repite ahora conmigo: “BEUYS ES NUESTRO PADRE Y DUCHAMP SU PROFETA. QUE EL BEATO SCHWITTERS NOS AMPARE” (esto para este mes, el mes que viene ya veremos).