Más Espartaco y menos Ben-Hur


Más Espartaco y menos Ben-Hur

(Carta dirigida a “la Reserva Espiritual del Instituto”)
La similitud que algunos proclaman entre la Pasión de Cristo y la muerte de Juan Pablo II es tan espúrea como la afirmación de que la agonía y muerte de Rockefeller fue calcadita a la de los hindús gaseados en Bopal.
Me conmueve el sufrimiento de ese viejo aplastado bajo un solideo. Pero no veo a Cristo en el Papa. No lo he visto en ninguno de los Papas. No veo a Cristo jerarca. No veo a Cristo luchando por el poder temporal. No veo a Cristo sentado en ningún trono.
Veo a Cristo en los ojos de terror del cadáver anónimo varado en la playa ignominiosa de las pateras. En el niño que vaga solo después de ver morir a sus padres bajo un bombardeo. En la cósmica soledad del viejo muerto en el abandono. Veo a Cristo elegir a sus acompañantes (mal que os pese) entre las prostitutas y los humildes pescadores. Veo a Jesús morir solo, abandonado, sin equipos médicos rodeándolo, sin curias, sin camarlengos, sin guardias suizos a sus órdenes. Sin que su agonía mereciera una sola linea de los voceros de la época. Este parangón que hacéis entre Cristo y el Papa es pura demagogia, hipocresía, manipulación, propaganda, VANIDAD. Sí, VANIDAD con mayúsculas.
La exhibición impúdica de los sufrimientos de un viejo en la televisión no ejemplifican nada, ni son didácticos para una sociedad que ningunea la muerte porque ese contacto se produce a través de un medio de representación de la realidad, no de la realidad misma, y ello desdibuja la vivencia, la aleja del plano íntimo y rico de la experiencia directa para hundirlo en la vulgar obviedad de la pornografía. Es mas valioso vitalmente asistir, acompañar a tu vecino o a un perro en su agonía, que contemplar los estertores televisivos de un busto asomado a una ventana mientras se intercalan imágenes de arrobo de la multitud en interminables barridos. Afirmar que las imágenes residuo de un sistema de representación son sustitutivas de la experiencia personal es tanto como abrirle el paso a esa MATRIX que ya se vislumbra en el horizonte (nos elegirán la realidad unos controladores desconocidos).
La tele, el Gran Hermano, no es la realidad, es un remedo, un Parque Temático, un Zoológico.
El Papa no es la encarnación de Cristo -como parecen defender estos nuevos Inocencios III- ni siquiera (en puridad) le representa.
Esas imágenes, esa representación obscena, ese equipararse a la deidad, esos esfuerzos por elevar a mito un hecho natural, esa falta de Humildad (la Humildad con que Cristo regaló su muerte) me hacen pensar que bajo la cúpula del Vaticano, bajo la púrpura, bajo el oropel, bajo los crucifijos de oro, bajo las COPES, bajo los mármoles y los rituales pomposos, no hay nada de Cristo. NADA

Manuel Maciá Martinez