Me extraño de los días


Me extraño de los días

Ví un animal innominable. Su naturaleza era oscura, y sus intenciones -aún sumido él en un estatismo inane- eran malsanas, agresivas, violentas. Quise rastrear en él restos de aquella mítica pulsión que hermana a veces a hombres y fieras, pero su odio soberbio, su vanidad de bestia amenazaba, apuntaba sin duda a mi yugular.
Y era miedo, curiosamente, lo que le movía a buscarme la sangre.
Lo noté en su olor, el olor inconfundible de quien se caga por la pata abajo.
Desde su jaula apestaba su miedo.
Su territorio lo poseía a él como él creía poseerlo.
No quise mantener ni un minuto más aquel sordo diálogo de cosas que se miran.
No me interesaba el safari fotográfico a través de su cerebro licuado por la visión espantosa de la vagina de su madre pariéndolo.
Había quedado con Isaac y, juntos, nos adentramos por las calles de la entropía.
Nuestros gorros alóctonos nos preservaban de los rayos terribles del apego a las cosas, a los ritmos, a los ritos.
¡No a la disolución!. ¡Emulsionémonos!. Con la mañana de las voces, de los pasos, de los pies y de las piernas, del ojo y de la boca, del arroyo de la gente. Canto rodado de los cantares.
La cerveza estaba fresca y, en el televisor, unos 180.000 mariconazos se removían contra la igualdad de derechos de los homosexuales. ¡Qué incongruencia! ¿No?.